Febrero del 2008
Publicado en General el 3 de Febrero, 2008, 16:03
por Brocco
Un padre que continúa dirigiendo la vida de sus hijas aún después de muerto, una mansión decadente llena de sombras de luminosos tiempos pasados, un episodio oscuro sobre el que se construyó una mentira que enmaraña de culpas y odios cruzados las relaciones entre los personajes… Y una canción que ya no suena ingenua, sino patética e inquietante en voz de una mujer decrépita atrapada por mil y una obsesiones.
Para sumar maś paralelismos e intentando repetir el éxito de Qué fue de Baby Jane, Aldrich planeó Canción de cuna para un cadáver nuevamente con la Crawford y la Davis como protagonistas, a pesar del poco amor que derrocharon la una por la otra durante el anterior rodaje. Pero tuvo que desistir al comprobar que la Davis se negaba a coincidir físicamente con su odiada ex admiradora —sí, sí, Jane loca por Bette, que leí por ahí hace ya—, proponiendo una doble para rodar esas escenas, lo que obligaba a una de las actrices a aparecer siempre de espaldas a la cámara, un despropósito, vamos. El director se negó, la Crawford abandonó e, inmediatamente, propuso la Davis a Vivien Leigh. Demasiados mitos juntos en la misma línea temporal pueden provocarme daños cerebrales, lo sabía antes de ver la película y ahora siento que necesito meter la cabeza en el wc y tirar de la cisterna, a ver si me despejo. Decía. La pirada de la Leigh no aceptó, comunicando su decisión vía exabrupto: «Podría quizá mirar el rostro de Joan Crawford a las siete de la mañana en una plantación del Sur. ¡Pero desde luego no podría mirar el de Bette Davis!». Toma. Finalmente, oh decepción, oh cero morbo, fue Olivia de Havilland —esa Melania y aquella no Rebeca, la pobre— amiga de la Davis, la que se llevó el papel de mala, aunque cause extrañeza. Y así nos perdimos mil anécdotas y un episodio más de la guerra Bette-Jane, una pena.
…
Y es que los títulos de crédito no sólo pueden ser arte, no. Al margen de descubrir el also starring de Mary Astor —El halcón maltés debería ser obligatorio en los colegios— o de media familia Aldrich, ejem, la Davis no sólo demuestra su grandeza, sino que da la clave de la trama —oh, spoiler es una palabra horrible, ho-rri-ble. Me gusta más el clásico destripar—. No está loca ni es perversa. No es la loca ni la perversa de la historia, no. Esa sensación que provoca la mirada perdida y atormentadísima de la Davis con la caja de música en las manos mientras pasan los títulos encaja matemáticamente cuando se resuelve la trama; pero la clave, la solución, está en ese plano fijo inicial que sorprende y desconcierta a partes iguales y que es para fans, románticos y demás gente de malvivir entre los que me incluyo, lo mejor de la película —al margen de las sonoras bofetadas de Olivia a Bette en el coche—. Al margen también de que nadie parece estar en sus casillas aquí. La mala de siempre no es la mala, la buena no es la buena. Y quién se acuerda de Joseph Cotten.
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