Vuelta de la cárcel de Carabanchel. Muchas conversaciones con gente conocida, y más aún con la «desconocida», y también con esa de la «conocida pero no», y vueltas y vueltas a la idea, a la sensación que tenemos —siento el plural pero creo que corresponde— de desazón, de impotencia, de cierta tristeza y rabia que nos resulta común, de ahí el nosotros, y que compartíamos después de la ¿cuarta? visita al recinto, allá por septiembre, o después, no lo se, miraría en flickr pero qué más da.
¿Para qué conservar algo si resulta tan incómodo?¿Para qué hablar de memoria histórica si parece que el solo hecho de citar que hay algo que
recuperar, en el sentido de
«volver a un estado de normalidad después de haber pasado por una situación difícil» (DRAE puro y duro), parece que, más que un ejercicio de justicia e higiene mental, implica un enfrentamiento violentísimo con el presente?
Pero la costumbre en este país es dejar que la historia se derrumbe por el paso del tiempo, por el abandono y el
desinterés, por la torpeza de las administraciones, la mala uva de los políticos y el mejor hacer de los especuladores. La costumbre es dejar que se pudra un escenario histórico para reconstruirlo después condescendientemente, obviando sin pudor lo menos cómodo del asunto, mirando «hacia adelante» porque «nuestra» democracia es madura y «nuestra» sociedad lo merece. Pues para «vosotros» todo todito. Ea.