A buen juez, mejor testigo (y que se joda el memo de Bécquer)
Publicado en Sulfato atómico el 4 de Diciembre, 2006, 9:01 por Brocco|
En una asignatura de segundo de carrera, después de un año lleno de introducciones, principios generales y asignaturas similares, tocó el turno de Sociología, Psicología y alguna cosa más terminada en -ía, además de muchas histor-ias.
Con ese despropósito de plan de estudios, un temario que te interesase sólo podría suponer un alivio mental, pero no una manera de aprender algo si lo que querías era aprobar la cantidad la mayor cantidad de asignaturas posible, teniendo entre 15 y 20 matriculadas por curso. Ambas las dos grandes -ías que he citado resultaron todo un descubrimiento para mi. Los temas eran metidos a presión, faltaba tiempo y el profesor «tenía mucho que dar». Psicología era a las ocho y éso suponía levantarse a las seis, con la última clase a las cuatro de la tarde. Ideal. Recuerdo a la profesora de Sociología, una mujer de voz agudísima, gafas de culo de garrafón y desordenada hasta el hastío a la hora de exponer sus teorías. A lo largo del año, nos pasó el informe Petras fotocopiado en una época en que o tirabas de he meroteca o tirabas de hemeroteca; internet estaba en pañales en España. Nos animó (y yo antes hacía esas cosas, y todo, leía, I mean) a leer la interesantísima «Cabeza de turco» (lo certifico, la wikipedia en español está vacía), novela desconocida para mi hasta entonces. También nos pasó unos folletos con una campaña para eliminar el lenguaje sexista en las aulas. Ahora, ahora mismo y no creo que ya mañana, me apena no saber si conservo los apuntes para poder hurgar en las referencias bibliográficas a modo de curiosidad, y poco más, la verdad. Porque a quién le interesa lo que se hablaba en el 99 en una facultad pre-revolución de la comunicación cuando lo que se suponía que te enseñaban ahí era, justamente, esto último (a comunicar, no a revolverte); qué se podía cocer en un lugar con ocho mil estudiantes hasta las cejas de créditos por aprobar y cinco ordenadores con conexión lentísima, sin blogs, wikis y casi sin sms. Y sin alternativas. La inquietud de una profesora que no se rendía a pesar de que sólo nos importase su asignatura para ponerla en la columna de las aprobadas, supuso mi primer contacto con la mera exposición de la situación de la mujer en el mundo, no ya con el feminismo (ni siquiera fue un año después con no se qué asignatura sobre arte contemporáneo y una lista interminable y vergonzosa, por desconocida, de artistas mujeres ninguneadas en las historias más académicas; vamos, en las que estudiamos hasta COU, el mundo visto por el hombre y hecho a su medida). Y esta noche, ya mañana (escribo esto a las siete después de despertarme a las cinco y no ser capaz de pegar la pestaña otra vez), me acuerdo de ella, de cuando nos hablaba del miedo, del negocio que hay entorno a él y la necesidad de alimentarlo; de la pérdida de contacto entre las personas, de cómo nos metemos en el metro como borregos y nos aislamos del entorno con nuestra música, periódicos, evitando cruces de miradas; de cómo los muros de las urbanizaciones cada vez son más altos, con más cámaras y, supuestamente, seguridad; de cómo se atrincheraban desde hacía años los blanquitos forrados en USA, temerosos de ser arrancados de su posición por una turba de negros muertos de hambre, bastante parecido a lo que nos pasa con la inmigración africana en España y esa obsesión por poner barreras legales y físicas para cuidarnos muy mucho de que se produzca algo llamado justicia histórica y que me acabo de inventar pero que suena aparente. Y, sobre todo, le daba muchas vueltas a aquélla revolución de la felicidad: el Prozac por y para todos. Lo señalaba (ella y los autores que citaba) como un arma del capitalismo y, por tanto, del individualismo más feroz para justificarse y perpetuarse. No es la sociedad la que falla, eres tú. Te narcotizan y te culpan, para que no intentes ya no cambiar tu entorno, sino, simplemente, plantearte que las cosas igual no son como deberían, y que los verdaderos culpables son los que mueven los hilos y dirigen tu vida sin haber pedido permiso. Te anulan, te hacen perder todo sentido crítico para ser más fácilmente manipulable, para que tengas una hipoteca y trabajes para otros, para que se enriquezcan los de siempre y, pase lo que pase, éso nunca cambie. Si estás amargado porque tu vida no es como te vendían cuando estudiabas o si ves el futuro nublado, es una cuestión personal, no una mentira del sistema, no un problema laboral extendido como la peste. Es tu vida, son tus infladas expectativas, es tu debilidad, tu incapacidad para tomar decisiones, un lastre de la infancia, es equis; pero es tuyo, no del entorno y, ni mucho menos pienses que es causado por él. Aunque no seas ni mucho menos el único, el tuyo no es equiparable a un problema de salud como la obesidad, con campañas para evitarla y hacernos sentir más sanos y más guapos. Es algo personal que debes solucionar por tu bien pero, sobre todo, por el de los demás; por esa sociedad que quiere seguir siendo la misma mierda. Es tu inconformismo el que es dañino, idiota, para ti y para todos. Deja de quejarte por cosas que jamás podrás cambiar, piensa en ti y en tu comodidad, trátate, que te traten, que te pinten la sonrisa con fluoxetina. Y éso es lo que se dejan hacer los indiferentes, los ignorantes y, sobre todo, los interesados en que nada cambie. Porque qué miedo los cambios. Francamente, prefiero a una sociópata como Lulamy antes que a una cría sin criterio ni perspectiva que utiliza expresiones como «tener un colchón» o «abrir una cuenta vivienda». Sin duda. Me he comprado al final estos cascos, razón, aquí. Fotos de Aticolunático, de las acciones de RedRetro. |

meroteca o tirabas de hemeroteca; internet estaba en pañales en España. Nos animó (y yo antes hacía esas cosas, y todo, leía, I mean) a leer la interesantísima
y vergonzosa, por desconocida, de artistas mujeres ninguneadas en las
Te narcotizan y te culpan, para que no intentes ya no cambiar tu entorno, sino, simplemente, plantearte que las cosas igual no son como deberían, y que los verdaderos culpables son los que mueven los hilos y dirigen tu vida sin haber pedido permiso.
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