22 de Junio, 2006


Vidas ejemplares II

Publicado en Delirios el 22 de Junio, 2006, 8:21 por Brocco

Visto el éxito del anterior santo post (aprovecho para recomendar el blog de nombre El Catoli-cinismo), dejo unas breves reseñas sobre la vida santísimos varones y mujeres de los que debemos y (no) queremos tomar ejemplo. Ahora que empieza a apretar el calor, pensemos en los felices sufirimientos con los que el Señor regaló a Ana María Taigi y san Antonio Abad. Nada de cañitas, tintos de verano y duchas vespertinas. Ea. La vida eterna nos espera.

Ana María Taigi
En pleno verano bajo el calor más ardiente, hace el sacrificio de no tomar bebidas refrescantes.
Y sucede entonces algo muy especial. Ana María empieza a ver el futuro en medio de un globo de fuego que se le aparece. Para llevarla a la santidad, Dios le permitió muy fuertes sufrimientos, que ella ofrecía siempre por la conversión de los pecadores. Por meses y años tuvo que sufrir una gran sequedad espiritual y angustias interiores. Antes de morir padeció siete meses de dolorosa agonía. Y a pesar de todo su eterna sonrisa no desaparecía de sus labios. Sufrió la pena de ver morir a cuatro de sus siete hijos. Además tuvo que sufrir por las calumnias y murmuraciones de la gente.

San Antonio Abad
En los terribilísimos calores del desierto (44 grados) hizo el sacrificio de no bañarse ni una vez, ni cambiarse de ropa.



Precisamente en estos días estoy a la busca y captura del curro (el que sea), por lo que las vivencias de los personajes que siguen me hacen meditar sobre mi vida y milagros venideros. Porque la santidad puede estar a la vuelta de la esquina, cual vómito de borrachuza en Malasaña. Sino lean, lean:

San Andrés Avelino
Este santo es conocido porque, siendo un abogado de fama, en una ocación mintió durante un pleito, pero al leer con posterioridad en la Biblia la frase que dice: "La boca que miente, mata el alma" se asustó tanto que dejó la abogacía y se dedicó al sacerdocio, a predicar y salvar almas. Acudieron grandes multitudes a visitarlo en su ataúd, y durante 72 horas su cadáver echó sangre cada vez que le hicieron pequeños cortes. Esa sangre la recogieron en frascos, y cuatro años después empezó a hervir, en el aniversario de su muerte.


Esto no se lo cree ni dios. No lo de la sangre en ebullición, sino lo de una bogado honesto (chiste fácil, lo se).


Las Santas Justa y Rufina eran mujeres cristianas que vendían cerámica en la España del siglo cuarto. Como valoraban sus artículos, no quisieron permitir que se vendieran para sacrificios paganos. Como resultado, toda su cerámica fue rota y ellas mismas fueron ejecutadas.

¡El trabajo no sólo dignifica, si que también santifica, oigan!


Pero en el fondo, a pesar de los particulares avatares de las vidas de estos cristianos modelo, en todas sus hostorias subyace la misma enseñanza, que podría ser la que se extrae de la vida de
San Alejo: para obtener la humildad se necesitan las humillaciones. La soberbia es un pecado muy propio de las almas espirituales, y se le aleja aceptando que nos humillen.

¡Arrodillaos ante mis raíces! ¡Convertíos!