De perritos y consejo navideño

Publicado en Perros verdes el 11 de Diciembre, 2005, 17:55 por Brocco


En contra de lo que pueda parecer por esta foto de un Buffy de lo más navideño y en plan sujeta-libros, un perro no es un adorno, un mueble más, ni siquiera un juguete, aunque divierta y haga gracia. Y aquí el mozo de reducido tamaño, bien sabemos que no es un "objeto", ni de regalo, ni sexual, ni ná de ná. Aunque gracioso es un rato largo. Pero que quede claro, es un perro independiente y punto, ¿vale?

Siempre me han repugnado las tiendas de animales, mostrando a cachorritos de poquísimos meses muertos del asco en una jaula pequeña, formando parte de un escaparate más. Me dan ganas de entrar y empezar a insultar a encargados, clientes, a todos, como cuando veo a una señorona toda digna envuelta en su abrigo de pieles. Por escandalizar, nada más.

En la huerta natal pude disfrutar de la compañía de perritos varios, cuando mis ramas aún eran tiernas y mi corazón pistacho. Una fue un cachorrita pequeña, que no se cómo llegó allí. Le gustaba esconderse dentro de la lavadora, y mi verde progenitor le daba biberones continuamente, sosteniéndola en una sola mano. La atropellaron delante de toda la familia, en un sábado de excursión. Era tan pequeña que el que iba al volante ni se dio cuenta (éso quiero creer).

Años después apareció un perro enorme y bonachón, con un aire a Verdi, pero sin pañuelo. Muy cariñoso y siempre necesitado de mimos y atención, una vez comió una hierba que le dio alergia, y pensamos que se nos moría. Vino a pedirnos ayuda, con la cara toda hinchada por la reacción, y casi no podía abrir los ojos, el pobrecito.
 A veces, nos poníamos a pelearnos en broma entre nosotros, porque ya sabíamos que reaccionaba con sorprendente fiereza ante alguien que quisiera hacer algo malo a alguno de sus amigos. Pero si era entre nosotros, no sabía que hacer, y lloraba y gemía hasta que parábamos y le dábamos un abrazo y una palmada fuerte en el lomo.

Estuvimos juntos mucho tiempo, pero llegó un momento en que la huerta se le hizo pequeña y estaba angustiadito y algo fondón, porqué no decirlo. Mi planta padre se lo regaló a una hortaliza amiga que vivía en un latifundio no muy lejano, y allí se quedó, correteando con sus hermanos, que no habían salido de casa todavía porque eran jovencitos. Cuando nos íbamos, esta verduriña no podía parar de llorar al ver al perro de sus amores cada vez más lejos. Siempre me he preguntado qué sentiría él. Lo triste que le debió resultar la separación, aunque fuese lo mejor para su salud. Cómo estaría siempre esperando nuestra vuelta.
Alguna vez íbamos a verlo e incluso, con el paso de los años, venía corriendo hacia sus ex compañeros de huerta nada más oír el coche. Un día, el brocco-progenitor  me contó que algún bípedo cabrón se dedicó a envenenar a los perritos de esa huerta, y todos murieron.